Leandro N. Alem
Era una fría y lluviosa mañana la del 1 de julio de 1896. Había convocado a una reunión urgente para hablar de temas políticos con amigos. De pronto interrumpió el diálogo e ingresó a su dormitorio. Al salir, llevaba su sombrero y el tradicional poncho de vicuña en el cuello. Ninguno de los presentes intuía su des-esperanza de radical intransigente. Avisó que salía unos minutos y prometió volver. Se subió a...

