Inflación: un dato que incomoda, pero ayuda a entender dónde estamos

El último dato de inflación volvió a poner el tema en agenda. Después de varios meses de desaceleración, el índice marcó un 3,4% en marzo, por encima del 2,9% de febrero, y acumulando cerca de 9,4% en el primer trimestre del año. En términos interanuales, la inflación ronda el 32,6%.

A simple vista, puede parecer un cambio de tendencia. Pero cuando uno mira un poco más en detalle, lo que aparece es otra cosa: una economía que todavía se está acomodando, y donde los números no necesariamente se mueven en línea recta.

En parte, la suba tiene explicaciones bastante concretas. Marzo es un mes donde la estacionalidad juega fuerte. Educación, por ejemplo, tuvo aumentos importantes —por encima del 12%— vinculados al inicio del ciclo lectivo. También hubo ajustes en transporte y cierta presión en alimentos, con subas cercanas al 3,4%, en algunos casos explicadas por cuestiones puntuales como la carne o factores estacionales. A eso se suma el impacto de los combustibles, que siguen sensibles al contexto internacional.
Es decir, no hay un único motor detrás del número, sino una combinación de factores que suelen aparecer en este tipo de procesos.

La tentación, en estos casos, es quedarse con el dato mensual. Pero la inflación en Argentina no se puede leer así. Venimos de niveles extremadamente altos, con picos mensuales que superaban el 20% no hace tanto tiempo, y de un proceso de desaceleración muy fuerte durante 2025, donde incluso hubo meses cerca del 1,5%. En ese contexto, que aparezcan rebotes no debería sorprender.

De hecho, es bastante habitual. Primero baja rápido, después encuentra cierta resistencia, aparecen meses más altos, y recién más adelante —si el programa se sostiene— retoma la tendencia descendente.

También hay un elemento que muchas veces se pasa por alto: no todos los precios se ajustan al mismo tiempo. Parte de lo que estamos viendo hoy tiene que ver con la corrección de precios que habían quedado atrasados. Tarifas, servicios y algunos regulados empiezan a ponerse en línea, y eso genera ruido en el índice general, aunque no implique necesariamente un descontrol.

En paralelo, hay algo que sigue pesando mucho en la percepción: los ingresos. Porque aunque la inflación haya bajado respecto a los picos, los salarios y los ingresos en general vienen de un período de fuerte deterioro. Entonces la sensación de que “no alcanza” sigue muy presente, incluso en un contexto donde la macro empieza a ordenarse.

Cuando uno baja la mirada al interior, el comportamiento no es uniforme. En Neuquén, el último dato disponible mostró una inflación mensual en torno al 3,5%, prácticamente en línea con el registro nacional. Sin embargo, la provincia mantiene características propias: costos logísticos más altos, fuerte incidencia de combustibles, una economía más dinámica en determinados sectores y un costo de vida históricamente elevado. Todo eso hace que los movimientos de precios se sientan con mayor intensidad en la vida cotidiana.

Mientras tanto, el esquema general de la economía sigue apoyándose en algunos pilares que, hasta ahora, se mantienen: disciplina fiscal, menor emisión y un tipo de cambio relativamente estable. Esos factores son los que explican gran parte de la desaceleración inflacionaria que vimos en los últimos meses.

Pero al mismo tiempo, son procesos que conviven con tensiones. Ajustes de precios, recomposición de tarifas, cambios en costos y un contexto internacional que también influye. Todo eso hace que la inflación no baje de manera prolija.

El dato de marzo, en ese sentido, funciona más como una señal que como un quiebre. Marca que el camino no es lineal, que todavía hay correcciones pendientes y que el proceso de estabilización sigue en marcha, pero lejos de estar terminado.

Y quizás ahí está la clave para entender el momento: la economía dejó atrás el desorden más agudo, pero todavía no llegó a una etapa de funcionamiento normal. Está en el medio. En transición.

Por eso, más que el número puntual, lo importante es entender qué hay detrás. Porque en Argentina, muchas veces, el problema no es la falta de datos, sino cómo se interpretan.

 

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