Todo sube. Yo no lo siento
* Por Juan Manuel Gómez Margeri
El Índice de Confianza del Consumidor cayó casi cinco puntos en julio. El dato llegó la misma semana en que Moody’s subió la calificación crediticia de Argentina, el Merval registró máximos, y el Banco Central acumuló reservas a un ritmo que no se veía en años. Todo, en los números, apunta hacia arriba. Sin embargo, cuando se le preguntó a la gente cómo ve su situación económica hacia adelante, la respuesta fue la más pesimista del año. Las expectativas futuras cayeron más de siete puntos en un solo mes.

El mecanismo
Lo que subió Moody’s es una señal para los mercados internacionales. Indica que Argentina tiene menos probabilidades de defaultear que hace seis meses. Ese número mueve bonos, atrae capitales, y reduce el costo de endeudarse en el exterior. Pero no baja el precio del supermercado. No cambia lo que lleva el empleado promedio a fin de mes. No acelera el crédito para quien quiere reformar su casa o cambiar el auto.
El Merval también sube. Pero el Merval lo tienen, en Argentina, unas pocas decenas de miles de personas. El Índice de Confianza del Consumidor mide a millones.
Hay una lógica en esa brecha. Los mercados anticipan: descuentan hoy lo que creen que va a pasar mañana. La gente no anticipa: espera a sentirlo. Entre esos dos momentos puede haber meses, a veces más de un año. En todos los procesos de estabilización económica que existen como antecedente, la secuencia es siempre la misma: primero mejoran los activos financieros, después la macroeconomía, después el bolsillo.
Argentina hoy está en el primer tramo.
La distancia entre el dato y la vida
En la Patagonia, el cuadro tiene una particularidad. La economía regional tiene dos velocidades. El sector energético —petróleo, gas, Vaca Muerta— exporta en dólares, paga salarios altos, y está en plena expansión. La otra economía —la del comerciante, el prestador de servicios, el empleado público— no recibe ese viento de la misma forma ni al mismo tiempo.
Lo que el ICC de julio refleja no es irracionalidad. Es que la mejora macro todavía no llegó a la mesa. Y que la gente, con razón, desconfía de los datos que todavía no puede tocar.
El momento en que eso cambie —cuando la calificación crediticia se traduzca en empleo, en crédito accesible, en salario real sostenido— es exactamente lo que los mercados ya están anticipando.
Los mercados apuestan a que va a ocurrir. La gente espera a ver si ocurre.
Esa distancia tiene un nombre: es el costo real de recuperar la confianza. Y no lo paga ninguna agencia calificadora.
* Blick. Consultora financiera

