Lo imposible que se mide en dólares
* Por Juan Manuel Gómez Margeri
Esta semana, SpaceX se convirtió en la quinta empresa más valiosa del mundo. Por encima de Amazon. Por encima de casi todo. Cuatro ruedas de ganancias consecutivas desde su debut en bolsa y una compra por USD 60.000 millones que el mercado todavía está digiriendo. Elon Musk construyó la empresa privada más valiosa de la historia apostando a algo que, durante años, parecía absurdo: que una compañía privada podía hacer lo que solo hacían los estados.
La mayoría no le creyó.

Los años en que nadie miraba
SpaceX fue fundada en 2002. Los primeros tres cohetes explotaron. En 2008, con el cuarto intento, Musk gastó los últimos fondos disponibles — si fallaba, la empresa cerraba. El cohete llegó a órbita. Pero incluso después de eso, el mercado tardó más de una década en valorar lo que tenía enfrente.
No porque la empresa fuera mediocre. Sino porque lo que hacía era demasiado distinto, demasiado ambicioso, demasiado difícil de entender antes de que los resultados fueran imposibles de ignorar.
El ángulo neuquino
Vaca Muerta pasó por algo parecido.
Durante años, el no convencional en Argentina fue tratado con escepticismo: demasiado caro para ser viable, infraestructura inexistente, país demasiado inestable. Los mismos argumentos que cualquiera podría haber usado para no creerle a Musk en 2003.
Este año, por primera vez en la historia, el sector energético igualó al agro como fuente de divisas del país: USD 8.150 millones cada uno solo en el primer trimestre. El gasoducto que conecta Neuquén con Buenos Aires ya funciona. El petróleo no convencional empuja las exportaciones trimestre a trimestre. Y el GNL —la apuesta más grande de todas— todavía ni empezó.
La provincia que apostó cuando el mercado dudaba hoy exporta energía al mundo. Eso no es casualidad: es el resultado de años de inversión en algo que parecía imposible antes de ser evidente.
La distancia entre el dato y la vida
No se trata de comprar acciones de SpaceX ni de entender los detalles técnicos del shale. Se trata de algo más simple: las mejores apuestas casi siempre parecen absurdas antes de que el tiempo les dé la razón. Y ese tiempo suele ser más largo de lo que cualquiera querría esperar.
En ese intervalo —entre la apuesta y la confirmación— la mayoría abandona, vende, o directamente nunca entra. No por falta de inteligencia. Por falta de convicción para quedarse cuando la foto todavía no está clara.
SpaceX tardó veinte años en que el mercado le creyera. Vaca Muerta también.
El tiempo es el activo más subestimado de todos.
* Blick | Consultora Financiera

