Argentina ¿está cara o barata en dólares?

Por Juan Manuel Gómez Margeri *

Durante muchos años, decir que Argentina era “barata en dólares” no era solo una percepción: era, en gran medida, una realidad construida sobre distorsiones económicas. Para quienes tenían ingresos en moneda extranjera o simplemente comparaban precios con otros países, el país ofrecía bienes y servicios a valores significativamente más bajos. Comer afuera, alquilar, moverse o incluso comprar ciertos productos resultaba relativamente accesible en términos internacionales.

Esa idea, sin embargo, empezó a resquebrajarse. En los últimos meses, cada vez más personas —desde turistas hasta argentinos que viajan o consumen bienes dolarizados— comenzaron a notar que los precios medidos en dólares ya no son los mismos. Alquileres que vuelven a valores históricos, autos que se acercan a precios regionales y servicios que empiezan a reflejar costos más reales son algunos ejemplos concretos de este cambio. La sensación es clara: Argentina dejó de ser barata.

Pero la pregunta que vale hacerse es si eso implica que el país se volvió caro o si, en realidad, simplemente dejó de estar artificialmente barato.

Para entender esto, es necesario mirar el punto de partida. Durante años, la economía argentina convivió con múltiples tipos de cambio, inflación elevada y precios relativos profundamente desordenados. En ese contexto, muchos valores quedaban atrasados en términos reales.

No eran bajos por eficiencia o competitividad, sino por distorsión. Era un “barato” que escondía problemas estructurales: falta de inversión, subsidios, controles y desequilibrios macroeconómicos.

Lo que empezó a suceder recientemente es un proceso de reacomodamiento. Con un tipo de cambio más estable y una inflación que, aunque todavía alta, dejó atrás los picos más extremos, los precios comenzaron a sincerarse. Algunos bienes y servicios que estaban rezagados empezaron a ajustarse, y eso se tradujo en una suba de precios en dólares. No porque el dólar haya caído, sino porque los precios en pesos subieron más rápido que el tipo de cambio.

Este fenómeno genera incomodidad, pero no es necesariamente negativo. En muchos casos, implica que la economía está dejando atrás un esquema artificial. El problema es que este proceso no ocurre en el vacío. Se da en un contexto donde los ingresos —medidos en dólares— todavía son bajos en comparación internacional. Entonces aparece una tensión evidente: los precios se acercan a niveles normales, pero los ingresos no.

Ahí es donde nace la sensación de que “todo está caro”. No tanto porque los precios sean excesivos en términos absolutos, sino porque la relación entre lo que se gana y lo que se paga sigue desbalanceada. En otras palabras, el problema no es solo el nivel de precios, sino el poder adquisitivo.

Este cambio también empieza a tener impacto en distintos sectores de la economía. El turismo, por ejemplo, pierde parte de la ventaja que tenía cuando el país era barato para los extranjeros. El consumo interno se vuelve más selectivo, con decisiones más racionales y
menos margen para el gasto impulsivo. Las empresas, por su parte, enfrentan un escenario más exigente, donde ya no alcanza con operar en una economía distorsionada: necesitan eficiencia, productividad y escala para sostenerse.

En este sentido, el verdadero cambio no es solo de precios, sino de lógica económica. Durante mucho tiempo, Argentina funcionó como una economía donde las oportunidades muchas veces estaban asociadas a desequilibrios. Hoy, al menos en parte, eso empieza a cambiar. Y ese cambio implica un costo: dejar de ser barato.

La discusión de fondo, entonces, no debería centrarse únicamente en si Argentina está cara o barata en dólares. Esa es una foto parcial. La pregunta más importante es si el país puede construir una economía que funcione sin depender de precios artificialmente bajos para ser competitivo.

Porque si la única forma de ser “atractivos” es ser baratos, cada intento de orden va a generar rechazo. Pero si la competitividad empieza a venir por otro lado —productividad, estabilidad, reglas claras— entonces este proceso de ajuste deja de ser un problema y pasa a ser parte de una transición hacia algo más sólido.

En definitiva, lo que estamos viendo no es simplemente un cambio en los precios. Es un cambio en el punto de referencia. Argentina está dejando de compararse con su propia distorsión para empezar, lentamente, a medirse con parámetros más normales. Y eso, aunque incómodo en el corto plazo, es una señal mucho más profunda que cualquier número en dólares.

* Asesor financiero – Consultora BLICK

 

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