El desafío de una provincia tan rica como cara para vivir y producir
Por Juan Manuel Gómez Margeri
Recursos, actividad y una pregunta incómoda: por qué, aun con ventajas evidentes, Neuquén sigue siendo una de las provincias más costosas.
Neuquén atraviesa uno de los momentos económicos más singulares de su historia. Producción energética récord, inversiones sostenidas, ingresos fiscales por encima del promedio nacional y un rol estratégico en la economía argentina. Sin embargo, cuando se observa la vida cotidiana de familias, pymes y profesionales, aparece una percepción persistente: vivir y producir en Neuquén es caro.

La competitividad no se define solo por la cantidad de recursos disponibles, sino por el costo estructural de operar en un territorio. Y ahí es donde surge una brecha entre el potencial económico de la provincia y su desempeño real como lugar para invertir, emprender y vivir.
Los costos son múltiples y acumulativos. Vivienda, transporte, logística, servicios, tasas municipales, impuestos provinciales, costo laboral indirecto, acceso a infraestructura y presión sobre el capital de trabajo. Muchos de estos factores no dependen del ciclo energético ni de decisiones nacionales, sino de cómo se organiza y gestiona el territorio.
Neuquén tiene una particularidad: creció rápido, pero no siempre planificado. El boom de actividad tensionó el mercado inmobiliario, elevó precios de alquiler y compra, encareció servicios y expuso déficits en infraestructura urbana. La energía genera riqueza, pero también presión sobre ciudades, rutas, hospitales y escuelas. Cuando esa presión no se absorbe con inversión eficiente, el resultado es un aumento generalizado del costo de vida.
Desde el punto de vista productivo, la ecuación es similar. Para una pyme o un comercio, el problema no suele ser un impuesto puntual, sino la suma de cargas: Ingresos Brutos, tasas municipales, costos logísticos elevados, combustible caro, trámites, retenciones anticipadas y una demanda que no siempre acompaña. Aun con alícuotas reducidas o beneficios sectoriales, la sensación es que producir en Neuquén exige más espalda financiera que en otras provincias.
Esto no invalida las ventajas de la provincia, pero sí obliga a una reflexión más profunda. La competitividad territorial no se declama: se construye. Y se construye con decisiones concretas:
- Infraestructura que reduzca costos logísticos y de transporte.
- Planeamiento urbano que modere el impacto sobre vivienda y servicios.
- Simplificación y coordinación fiscal entre provincia y municipios.
- Servicios públicos que funcionen bien y reduzcan costos privados ocultos.
- Previsibilidad regulatoria para que invertir no sea un acto de fe.
Neuquén compite, aunque a veces no lo asuma. Compite por inversiones, por talento, por empresas de servicios, por profesionales calificados. Y en esa competencia, el precio de vivir y producir importa tanto como los recursos naturales.
La pregunta no es si Neuquén tiene potencial. Lo tiene, y mucho.
La pregunta relevante es si está logrando convertir ese potencial en un entorno más competitivo, donde la riqueza energética se traduzca en menores costos estructurales, mejores servicios y más oportunidades para quienes eligen vivir y trabajar en la provincia.
Porque al final del día, la competitividad real no se mide en barriles ni en anuncios, sino en algo más simple: si a la gente le conviene —o no— apostar su vida y su trabajo en ese lugar.